martes, 17 de noviembre de 2020

Una particular lectura de "Pinceles olvidados"

 


Visibilización y sororidad de las féminas en el arte

Texto leído en la presentación virtual de Pinceles olvidados. Mujeres artistas (siglos x-xvi) de Diana Arauz Mercado

 

Elva Martínez Rivera

 

 

 

 

 

El arte no era considerado un «oficio para mujeres» y a pesar de ello fue ejecutado y elaborado por ellas. Hay trabajo y talento en las obras artísticas por religiosas y laicas. El texto que hoy nos reúne, Pinceles olvidados. Mujeres artistas (siglos X-XVI) escrito por Diana Arauz (izc-uaz, Texere 2020), nos permite confirmarlo y es través de la compilación biográfica, de la vida y obra de mujeres artistas que nacieron entre estos siglos, largo periodo que comprende desde la época medieval hasta las que se formaron como parte de los movimientos artísticos que iniciaron la edad moderna, como el manierismo, el renacimiento y el primer barroco. La autora lleva su análisis a una visión en conjunto, detallando además con datos históricos, iconográficos e iconológicos en el detalle y la exquisitez de la explicación de cada una de las piezas expuestas.

El libro lo organiza en dos partes. La primera, que lleva por título «Artesanas, artistas, miniaturistas e iluminadoras medievales (siglos X-XV)», está formada por un grupo de 23 féminas que desarrollaron sus talentos en su mayoría como religiosas en los scriptorium de los monasterios femeninos de la Europa medieval, como Canterbury o Winchester, centros religiosos vinculados con la espiritualidad o reclusión, pero también como espacios para desarrollar y ejercer su vocación artística. También las hubo, quienes se desarrollaron como artesanas en los talleres familiares, como espacios para su imaginación y creación artística. Cito: «Se nos presentan como mujeres de carne y hueso, activas, independientes, con una avanzada estética y a menudo con un notable sentido del humor, en general conscientes de su propio valer y probablemente más liberadas en el convento que las seglares sometidas a la dependencia de un marido o a las necesidades de atención de una familia convencional».

La segunda parte, «Pintoras, retratistas, miniaturistas, bodeguistas, escultoras y grabadoras entre el renacimiento y el barroco. Artistas nacidas en el siglo XVI», es un grupo de 27 mujeres artistas que se desarrollaron en dos ámbitos: en la labor colectiva de familias de artistas o en el seno de familias nobles, cuyos padres consideraban importante para la formación de sus hijas la dedicación a los estudios de arte, y que por lo general, fue en la música y en la plástica. Significativa fue la pertenencia a un estatus económico y social medio o alto, directamente vinculado con la formación humanística, la dedicación o especialización a través de un aprendizaje autodidacta o en el taller familiar. Contar con tal apoyo familiar o conyugal para cultivar, ejercer y mantenerse en el oficio constituyó un punto clave cuando ellos actuaban a favor de los artistas o viceversa. También las hubo quienes pudieron comercializar sus obras dentro y fuera de sus ciudades de origen, incluso algunas llegaron a recibir salarios que les permitieron mantener económicamente a sus familias.

En esta etapa, se dan nuevas formas de concebir el arte, aunque se siguen desarrollando dentro de un oficio considerado masculino de acuerdo a los cánones religiosos, artísticos y socio culturales del momento…. Hay genio, aunque oculto por las convenciones sociales. La mayoría de estas artistas, fueron por lo regular hijas de pintores manieristas, escultores de corte y grabadores, recibiendo influencia de grandes artistas como Tizziano, Tintoretto, Rembrandt o Caravaggio.

Diana Arauz, nos presenta un desfile de mujeres artistas de diversa posición social, del convento a la ciudad burguesa, del mundo artesanal a la nobleza, que lograron cultivar los más diversos géneros: desde el retrato al bodegón, desde la pintura religiosa hasta la mitológica, desde la miniatura al gran formato, ¡desde lo sacro al desnudo! Incluye también un índice ordenado cronológicamente de las artistas, junto con una gran diversidad de fuentes documentales, archivísticas, bibliográficas, museísticas y una extensa linkografía. Tiene un extraordinario repositorio de imágenes que ilustran y que permiten tener lecturas diferentes, como lo puede ser de corrido o bien, por artista o imagen, pues en cada una de ellas hace la descripción y análisis correspondiente.

En las obras encontramos el uso de una policromía excelsa, tanto en el arte sacro como profano y que se han convertido en referentes simbólicos para el estudio de las mujeres y del arte. ¡Son estéticamente una explosión de color! Hermosas, en su tiempo y espacio, en su circunstancia histórica. Diana Arauz nos transporta a través de un recorrido visual por los museos de Europa y algunos de América, que albergan las obras que tuvieron diferentes y variados soportes: como los antifonarios, breviarios (libros litúrgicos que contienen oraciones eclesiásticas de todo el año), homiliarios, salterios, leccionarios, lienzos, retablos, metal, mármol, cantera y otros objetos decorativos como platos, vasos y espejos. La dra. Arauz Mercado entra a los monasterios, a los talleres artesanales y a aquellos espacios en los que se ve la expresión artística de las mujeres, «impropios de su sexo», ha redescubierto sus firmas, sus autorretratos y nos muestra un gran lienzo, sublime, erudito y necesario en la historia visual de la humanidad.

Es un libro que nos aporta historiográficamente. Devela cómo la gran mayoría de las mujeres han sido infravaloradas en su condición artesanal, dando cuenta de los impedimentos propios del sexo femenino para recibir una educación general o de formación artística, pero también por el señalamiento de quienes dominaron diversas disciplinas considerando a las mujeres «artistas inferiores». No olvidemos el contexto en el que ellas se desenvuelven. Un mundo en el que estaban a la sombra de los hombres..., en el anonimato. Se tenían pocas posibilidades para asistir a escuelas de arte, pero sí podían ser aprendices del oficio por su cuenta en los talleres familiares. Diana Arauz visibiliza en este texto de Pínceles olvidados a todas aquellas mujeres, las saca de las sombras. Mujeres interesantes, con aspiraciones, con sus luchas y victorias sobre la incomprensión y el aislamiento. Es un texto necesario para ir saliendo de esos años de silencio y de ignorancia sobre la aportación femenina al arte. Obras que por mucho tiempo fueron atribuidas a grandes pintores, como fue el caso de El Greco o Tintoretto, por mencionar sólo un ejemplo.

Resulta significativo el conocimiento y difusión de lo que las mujeres lograron hacer en su tiempo, pues siguen desconociéndose dentro y fuera de la historia del arte, de la cultura y de las mujeres. Vale la pena situar, contextualizar y valorar su papel como ahora lo hace la autora. Sigamos develando, reconstruyendo y reconfirmando la importancia en el ámbito histórico, historiográfico, artístico y cultural. Es momento de abrir una brecha en el camino y darles voz. ¡Lecturas varias nos corresponde a los lectores y consumidores de este libro extraordinario! Descripción de la imagen de portada, de Lavinia Fontana, temática mitológica «Marte y Venus».

Observamos a una Venus de espaldas, desnuda, posando sobre el taburete y la camisa blanca que acaba de quitarse, a juego con un par de chinelas. Luce collar de perlas y pendientes. Delicadamente, gira el cuello, regala un guiño cómplice al espectador ofreciéndole un narciso en su mano derecha. La otra mano derecha, la de su acompañante, posa a través de una caricia desvergonzada en la nalga de la diosa conectando con una intensa mirada hacia ella. Marte, acaba de despojarse de su escudo y espada, pero aún conserva el casco en la cabeza. Completa la escena un adormecido Cupido quien empuña su arco bajo un cortinaje oscuro que cierra la alcoba» (pp. 247-248).



si quieres ver la presentación, da clic a la imagen.




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